viernes, julio 13, 2007

Testimonio de vida nueva (1ra. Parte)


Empezaré diciendo que escribir sobre como fue que abrí mi corazón a Cristo no es una historia corta que contar, son varios los sucesos que marcaron mi vida en lo que yo llamaba “Mi Búsqueda de Dios y la Fe”.

Si alguien me preguntara o incluso, si aseverara la cuestión de si todos los caminos conducen a Dios, podría contestar que no y también podría contestar que sí; creo que si la búsqueda es de corazón, que si en verdad pides encontrar a Dios, con seguridad Él se encargará de que lo encuentres o mejor aún, Él será quien se encargue de encontrarse contigo.

Sin embargo, si no es así, dudo que escogiendo otros caminos le permitamos a Él que nos encuentre.

Muchas veces me he preguntado qué hubiera sucedido si yo no me hubiera dado la oportunidad de haber abierto mis oídos a escuchar lo que alguien tenía que decirme, simplemente a escuchar.

Hoy soy testigo vivo de que, ciertamente, no se mueve la hoja de un árbol si no es porque Él así lo decide y Dios, en su infinito y perfecto amor, nos da la libertad de elegir amarlo y obedecerlo, seguirlo o no.

También puedo confesar que hay caminos que prometen paz, felicidad, desarrollo espiritual, iluminación y el encuentro con Dios. Son caminos, sí, pero son caminos peligrosos que pueden llevarte a la más franca y grotesca confusión, intranquilidad, dependencia y depresión; volviendo incluso adictivo, un proceso de búsqueda que te hace, finalmente, andar en círculos sin llegar a un “final”, a un destino vívido de amor, confianza y paz; con momentos de aparente calma y tranquilidad sí, pero no con esa paz interior que se refleja cuando encuentras el propósito de vida que en Él descansa.

Mi testimonio es sobre el proceso de un ser humano que se dio a la tarea de buscar a Dios, de buscar a Jesús, de buscar la fe; no por convencionalismos sociales, ni por tradiciones familiares si no de una verdad de establecer una promesa de encontrarlo por mí y en mí, con una convicción reflexionada y sentida sobre lo que es la verdadera fe , la que se siente con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, con toda la seguridad como para andarla, literalmente, “cantando” en todas partes y con todas las personas.

Tradición Familiar

Nací en el seno de una familia que se autoproclamaba católica, yo digo ahora que como que muy católica no era, pero bueno, fui bautizada por medio de la fe católica. Íbamos a misa muy de vez en cuando, en fechas y ocasiones especiales para la familia pero nada más, no nos era obligado ir los domingos, ni confesarnos, ni comulgar.

Mi madre, sin embargo, siempre nos enseñó (a mi hermana y a mí) que Dios era el Ser más grande y más excelso y que nadie era más grande que Él, nos dijo que la oración que nos dejó era el Padre Nuestro y fue, básicamente la única oración que mi madre nos enseñó, nos dijo que no era necesario ir a la Iglesia para hablar con Él, que está en todas partes y que podíamos platicar con Él en cualquier lugar y en cualquier momento. Nos dijo que nosotras teníamos toda la libertad de elegir nuestra religión o de hacer nuestra primera comunión cuando sintiéramos que estábamos listas para ello.

"A Dios se lo siente en el corazón" nos ha dicho siempre mi madre; así que por parte de ella siempre tuvimos la libertad para amarlo, no hubo imposiciones de ninguna especie.

Terminé mis estudios en Educación Primaria y Secundaria en un colegio de filosofía católica, no era de monjas y no rezábamos todos los días pero una vez por semana teníamos una clase de un par de horas llamada "Ética" en la que se nos enseñaba doctrina católica. Contrario a lo que me imaginaba, después de mi primer intento por ir al catecismo, la clase era impartida por una monja que jamás olvidaré, pues nos invitó a hacer la Primera Comunión y fue algo completamente diferente ya que la primera vez que lo intenté claudiqué a la tercer sesión del catecismo, tener que aprenderme de memoria un librito de preguntas y respuestas no satisfizo mi necesidad en lo más mínimo, no me llenaba; memorizar conceptos no era lo que yo llamaba tener fe o encontrar a Dios.

Sin embargo, con esta monja, la cosa caminó distinto; nos habló de los evangelios, de la vida y las obras de Jesús, de su amor y del sacrificio que Él hizo para el perdón de nuestros pecados y que Jesús quería que lo recibiéramos en nuestro corazón. Fue así que a los 14 años decidí hacer mi primera comunión y abrirme a Él prometiéndole una cosa: Encontrarlo.

Como escribí al principio de este testimonio, hice la promesa de creer en el Él por mis propios medios, no por tradición familiar a convencionalismo social sino por convicción, fue ahí que en realidad comenzó toda esta historia.

Hoy, mirando hacia atrás digo convencida: "Dios es Fiel"; como ser humano, uno mismo puede olvidarse de una promesa pero Dios no se olvida de ellas y las cumple o las hace cumplir.

Al terminar mis estudios de Secundaria, mi familia y yo nos mudamos a Puebla junto con mis padrinos de primera comunión, ellos eran un matrimonio mixto, ella cristiana y él católico (hoy ambos son cristianos). Debido a mi madrina, mi hermana y yo entramos a una escuela cristiana metodista y ahí realicé 2 de los 3 años que comprenden la preparatoria y el último año lo realicé en una escuela católica de sacerdotes franciscanos.

Lo que sucedió fue que empecé a hacer comparaciones. Los cristianos siempre hablaban de la Biblia y eran abiertos aunque se me hacían algo raros y radicales en algunos conceptos. El rito católico, por otro lado, se me hacía eso, un rito o conjunto de ritos.

Nunca asistí a un culto metodista; sin embargo, en muchas ocasiones me acercaba a los pastores para hacer preguntas acerca de Dios y de la Fe. Del mismo modo lo hice con los franciscanos y la verdad, no me convencía nada.

Tuve amistad con cristianos, siempre me cayeron bien pero prefería no hablar de fe con ellos para mantener el respeto mutuo (pensaba yo).

Cuando tenía que asistir al rezo del Rosario (generalmente en funerales) me preguntaba qué significaba lo de la letanía y me lo sigo preguntando. ¿Por qué se dice: Torre de Marfil, ruega por nosotros; rosa mística, ruega por nosotros? Quería que alguien me respondiera el porqué tenía que pedirle a una torre o a una rosa que rogaran por mí.

Mi cabeza siempre estaba llena de preguntas, tenía hambre y sed de respuestas, de paz, me faltaba algo, me faltaba Dios.

Fue en la Preparatoria cuando empecé a leer todo cuanto pude acerca de Cristo. Puedo mencionar muchos títulos de libros que abordaban el tema de la vida y obra de Cristo, daban diferentes visiones, cuestionaban muchas cosas y frecuentemente desmentían (hoy lo sé) lo que dice la Biblia. La gran mayoría de ellos atacaban al catolicismo haciendo mención entre las prácticas de la Iglesia y Cristo.

Algunos autores lo toman como un maestro iluminado, como un ascendido chamán místico. Otros libros tratan a Jesús como un gran personaje histórico pero no como Dios o como al Hijo de Dios. Nadie puede negar que Jesús causa polémica aún en nuestros días.

En lo personal estoy cierta que nadie puede negar la "historicidad de Jesús", negarla sería absurdo pues partió la historia en dos y, considero que tomarlo como personaje histórico únicamente, sería tildarlo de lunático cuando ciertamente no ha existido personaje más perfecto que Él en cuanto a lo que enseñó, predicó y vivió.

Como fuera, yo no sólo no dejé de amarlo sino que le admiraba y mi necesidad de amarlo crecía cada año un poquito más y sí, en momentos cruciales de mi vida, tanto de tristeza como de felicidad, lo sentía profundamente en mi corazón pero no me sentía llena.

Siempre que me preguntaban cuál era mi religión contestaba que era católica por mi familia pero que en realidad era una persona en búsqueda. Yo creía en Dios pero no en las religiones ni en las instituciones, creía que Dios era uno pero con diferentes nombres. Fue entonces que un amigo me dijo que yo era "ecuménica" que tenía fe en Dios pero no profesaba ninguna religión.

Me gustó, me acomodó el término y entonces, no sé cómo, me involucré en la corriente denominada: "Nueva Era" o "New Age" (en Inglés).

Empecé a leer libros de metafísica, astrología, magia blanca; meditación budista, trascendental, contemplativa; numerología, filosofía taoísta, masonería, rosacrucismo, filosofía zen; curación con cuarzos, uso de velas, ritos chamánicos, tradiciones mayas y aztecas, cábala, usos de energía, tradición celta, uso de mantras y angeleología.

Me metí de lleno en el estudio de los ángeles, al culto a la madre tierra, a la meditación, al uso de cuarzos, a la lectura del Tarot y al uso y estudio profundo de la geometría sagrada.

Me fui a vivir a Cuernavaca dos años y ahí tuve un círculo de amistades con los cuales hacia "ritos de luz" (así se les llama) en donde se supone que orábamos para abrir canales de luz y armonía para que todos, toda la humanidad entrara a la conciencia de que todos somos uno, que somos "cocreadores con dios" y que dios es una energía unificadora y que nosotros, en conjunto, somos una energía materializada que forma parte del universo que es dios mismo.

En pocas palabras para mí, todas las religiones llegaban a lo mismo y la armonía universal, la paz, estaba en el respeto de todas las religiones unificadas.

Cristo Jesús, de una u otra forma, siempre aparecía en escena, por momentos, pero siempre se hacía sentir. Por citar un ejemplo, el último departamento que renté en Cuernavaca me lo rentó una hermana en Cristo y me compartió el evangelio y yo la escuché pero con la convicción de que el Cristianismo era tan sólo otra manera de llegar a Dios, aunque Cristo seguía siendo mi personaje favorito.

La verdad es que por periodos de tiempo me sentía feliz, fuerte, sabia, tranquila e incluso poderosa, pero tenía periodos en que me inundaba la tristeza, la ira y una profunda desolación. Sufría depresiones muy profundas constantemente hasta que encontraba el nuevo rito, la nueva vela, o la próxima sesión de tarot; la bruja, chamán o astrólogo recomendado para sanar mi cuerpo, mi corazón y mi alma.

Siempre buscando mi misión en la vida, mi misión de luz para el planeta y la humanidad, mi propósito cósmico para llegar a la iluminación y no tener que regresar reencarnando en otra vida para continuar mi aprendizaje y saldar todos mis karmas.

No sé cuánto tiempo, dinero y esfuerzo gasté en el proceso, pero puedo decir que tenía una buena biblioteca y uno que otro diploma de los cursos a los que asistí.

Convencí a varios amigos a seguir ese camino, mi hermana incluida; les decía que nadie es poseedor de la verdad absoluta porque todos los caminos te conducen a la verdad siempre que se tenga fe en algo superior que se llama Dios y que eso es el equilibrio entre el bien y el mal, el ying y el yang.

¿Suena raro?, ¿Ridículo?

Simple y sencillamente es falso, pero yo lo creía y lo decía; sin embargo, había algo que me decía que las cosas no iban bien, que las cosas de hecho iban bastante mal y eso era que yo no me sentía en paz, que mi tristeza iba en aumento, que yo no le encontraba un propósito real a mi vida, que no encontraba la razón para seguir existiendo, no encontraba un motivo verdadero para vivir y la idea de andar reencarnando hasta encontrar la verdad y la iluminación, el equilibrio perfecto, se me hacía desgastante, francamente aburrida, sin sentido y poco práctica.

Había tantas corrientes, filosofías, técnicas y métodos para llegar a la iluminación y la paz interior que no sabía cuál seguir, ni si me estaba equivocando en practicar el mejor, el más adecuado y eso, lejos de darme paz, me provocaba una angustia y una ansiedad terroríficas; ya no sabía qué era de dios o de luz y qué era de oscuridad.

Todo esto duró aproximadamente 7 años.

De regreso a Puebla, en el trabajo conocí a una mujer católica fanática. Ella me empezó a hablar de Dios, de Cristo y de la virgen. Yo estaba en un momento de confusión enorme para ese entonces y pensé que sería bueno regresar al origen de mi fe y comencé a escucharla y a debatir sobre mi franca poca convicción sobre el rito católico.

A la voz de esta mujer fue que Dios permitió que yo cayera en una verdadera crisis de fe.